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Devolvamos la infancia a los niños

POR GREGORIO LURI

Lo primero que conviene tener claro es que la excesiva tecnificación de la infancia puede empobrecer la experiencia vital de los niños. ¿Podríamos consentir que, por dejar de ver las escuelas como instituciones serias y responsables, se fomentara la destrucción de confianzas y se sembrara escepticismo en un niño? Y, por si fuera poco, rodear su infancia de pantallas y de internet sin control, para que crezca en un mundo cada vez más artificial… Notar la falta de relaciones cara a cara es una consecuencia lógica de la tecnología. No es lo mismo, sin embargo, un niño que sabe lo que es un prado que otro que solo lo haya visto en una pantalla. Si no distinguen la hierba real de la virtual, ¿cómo van a comprender lo que significa disfrutarla?

No hace falta ser un gran sociólogo para darse cuenta de que el auge de la tecnología se produce en paralelo a la crisis de la pedagogía. La pedagogía, al renunciar en muchos casos a su papel de educar, se ha limitado a multiplicar metodologías y a subrayar la necesidad de “aprender a aprender”. Pero un niño necesita, sobre todo, que lo guíen para amar el saber. Y amar el saber implica un cierto sacrificio, un esfuerzo que no se aprende de un día para otro. El hombre es un animal social, pero también es un ser que necesita contemplar y admirar. Precisamente para contemplar se requiere silencio, concentración y tiempo. ¿Dónde está ese tiempo hoy? ¿Dónde está el silencio? ¿Dónde está la capacidad de asombro?

Los niños son seres de sorpresa natural. La grandeza de la pedagogía no se reduce a la acumulación de métodos, sino a su capacidad de despertar el interés por la realidad y de alentar la curiosidad. Por desgracia, vivimos en una sociedad que parece penalizar la lentitud y la espera. Todo lo queremos inmediato. Pero la infancia no puede ser un sprint: es un maratón, un periodo en el que el niño debería tener ocasión de aburrirse, ensuciarse, correr, gritar, pelearse, reconciliarse y, en definitiva, vivir la vida real.

No hay nada peor que un niño que no ha tenido infancia. Como dijo Rainer Maria Rilke, la verdadera patria del hombre es la infancia. Y si se la robamos, le estamos robando su patria. Devolvamos la infancia a los niños: recuperemos el valor del silencio, de la contemplación y de la sorpresa. Dejémosles ser niños, que descubran el mundo por sí mismos y que crezcan con la mirada limpia y abierta a lo que la realidad les ofrece.

Fuente: LA TERCERA de ABC

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