Lo primero que conviene tener claro es que la excesiva tecnificación de la infancia puede empobrecer la experiencia vital de los niños. ¿Podríamos consentir que, por dejar de ver las escuelas como instituciones serias y responsables, se fomentara la destrucción de confianzas y se sembrara escepticismo en un niño? Y, por si fuera poco, rodear su infancia de pantallas y de internet sin control, para que crezca en un mundo cada vez más artificial… Notar la falta de relaciones cara a cara es una consecuencia lógica de la tecnología. No es lo mismo, sin embargo, un niño que sabe lo que es un prado que otro que solo lo haya visto en una pantalla. Si no distinguen la hierba real de la virtual, ¿cómo van a comprender lo que significa disfrutarla?