Elogio de la sencillez
Por Enrique Rojas
Ser sencillo significa alguien que no tiene artificio, que tiene facultad de ser él mismo, de existir en un solo bloque, de aspirar a una cierta coherencia de vida entre lo que se dice y lo que se hace.
La sencillez es la virtud de la madurez. Consiste en el arte de reducir lo complejo a lo elemental. Lo elemental es lo indivisible, lo que es fácil de hacer o comprender, aquello que no tiene artificio ni ostentación, que expresa ese concepto como lo que realmente es. Sencillez es llaneza sin doblez. Es el más ligero de los valores: es transparencia, nitidez, ausencia de artificio. Como psiquiatra, a veces les digo a mis pacientes: tu peor enemigo es tu cabeza, que te ha jugado muy malas pasadas y que va de aquí para allá sin control y te somete a un vaivén de idas y venidas, en donde asoman preocupaciones, miedos, malos presagios y te adelantas en negativo, vives el presente empapado de temores posibles que te producen incertidumbre.
Quiero hacer una distinción entre dos palabras cercanas, que a menudo se las considera como sinónimas: simple y sencillo. Empezaré por la primera. Simple es una persona que despacha un tema importante en dos pinceladas, sin matizar y sin cierto análisis serio y se queda tan tranquila. De hecho, decimos en el lenguaje coloquial con un cierto desprecio: esa persona es muy simple… es un simplón: falto de sazón y de sabor, corto, plano, de pocas luces, con un discurso pobre en donde no hay matices.
Por el contrario, sencillo significa alguien que no tiene artificio, que carece de ostentación: que tiene facultad de ser él mismo, existir en un solo bloque, de aspirar a una cierta coherencia de vida, en donde hay una buena relación entre la teoría y la práctica, entre lo que dice y lo que hace. Sencillez es ser lo que uno es, naturalidad y espontaneidad, sin preocuparse por aparentar más de lo que uno es. No hay muchas virtudes tan agradables, pues se trata de personas fáciles para la convivencia, para amar, para entender lo que está pasando y dar respuestas cabales y certeras que se ajustan a la realidad.
Sencillez es la capacidad de penetración en la realidad con justeza de juicio, buscando la esencia de algo. Lo sustancial. Los irreductible. No es necedad, sino mirada certera, aguda, precisa, que, sabiendo la complejidad de todo, busca el núcleo principal. La sencillez en la forma de pensar es sabiduría interior y hace que no seamos víctimas ni prisioneros de nuestras ideas: es libertad, ligereza, luminosidad. Apostar por la sencillez es aspirar a la paz, a la serenidad, descomplicarse, buscar lo que es diáfano.
La sencillez de cabeza es tener una jerarquía de valores clara. Y actuar en consecuencia. Nada más y nada menos. Estar en la realidad: tener los pies en la tierra. Y para ello es bueno echar mano de la prudencia. Decían los escolásticos que ella era la cochera donde se guardaba la justicia, la fortaleza y la templanza. La prudencia no reina, pero sí gobierna.
La sencillez se aprende poco a poco. Se consigue a través de una tarea de orfebrería que nos empuja hacia la realidad de manera sobria. Es una atmósfera salpicada de sosiego, en donde parpadean la paz y la alegría: un binomio clave, que se cuela en la persona, se mete en los entresijos de la ingeniería de la conducta y produce un estado de ánimo especialmente positivo. Es la vida ajedrezada de argumentos sólidos, fuertes, consistentes, rocosos.
La sencillez es la virtud de los niños. No olvidemos que son ellos los que hacen preguntas fundamentales sobre la vida, casi sin darse cuenta. Son preguntas desnudas y directas. Son filósofos potenciales por su ingenuidad e inmediatez. Inteligencia es capacidad de síntesis, saber distinguir lo accesorio de lo fundamental, el arte de reducir lo complejo a sencillo. Ortega y Gasset decía: «La cortesía del filósofo es la claridad». Lo contrario es lo críptico y rebuscado y retorcido, las retóricas cruzadas que planean lo oscuro y enigmático; una especie de opacidad afectada, que se desliza hacia lo sombrío, borroso, impreciso.
La sencillez es lo contrario a la duplicidad, de buscar aparentar. Es evidente que todo es complejo y lleno de matices. Frente a la complejidad de tantas cuestiones, buscar la sencillez en todo. La sencillez de la mirada: eso es algo sabio. Sencillez es prever («procul videre»; ver de lejos), adelantarse, es evaluación sosegada del presente y aproximación del hoy y ahora y ver claro los objetivos de futuro. En el campo semántico esta palabra está tejida de moderación, temple, elegancia y sobriedad de pensamiento. Decir con muy pocas palabras muchas cosas. A lo sencillo se tarda tiempo en llegar. En la forma de pensar, no es más que el arte de mantenerse a flote en el mar de las ideas, que saltan, suben, bajan, circulan y corren inestables por los océanos de la información descontrolada. La sencillez de la mente se refleja en la conducta.
Y esto lo sabemos los psicólogos y los psiquiatras y tenemos que recordar que en los denominados trastornos de personalidad, según los criterios de la American Psychiatric Association, uno de los rasgos más evidentes es complicarse mentalmente por dentro: pensamientos negativos, intrusos, retorcidos, enroscados, con visiones pesimistas del futuro y una tendencia a adelantarse en negativo… como una especie de anticipación de lo peor. Es la ansiedad por desasosiego.
Igual que existe en el mundo exterior lo que yo he llamado el síndrome por exceso de información, en el mundo interior de las personas complicadas hay un sinfín de pensamientos circulantes que no están bien ordenados y producen miedos, temores, ansiedad. Los neurobiólogos actuales insisten en aquello que asoma como una amenaza, ya que es nuestro cerebro el que fabrica eso. Un cerebro de alto rendimiento no se improvisa. ¿Cómo educar y enseñar a nuestro cerebro a funcionar bien? Aprendiendo a gobernar nuestro escenario mental: definir si esos temores tienen fundamento y cuáles son sus raíces y si se ajustan a nuestra vida real.
Y después, utilizando mensajes cognitivos positivos: es decir, frases breves, concretas, bien elaboradas y que sean útiles para esas personas en concreto, y repetirlas y decírselas a nuestro cerebro: «Puedes, adelante, crécete antes las dificultades, intenta afrontar ese miedo quitándole importancia; si luchas, lo consigues… el que empieza algo tiene la mitad conseguido, eres más fuerte de ellos que piensas» y así sucesivamente. Y traer aquí la voluntad: la joya de la conducta. Lo que todo lo puede. Si la sencillez es la virtud de la infancia, la integridad es la virtud de la madurez.
Enrique Rojas
Es catedrático de Psiquiatría y director del Instituto Rojas-Estapé.
Fuente: ABC