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Educar o edulcorar

por Carlos Goñi

La poca autoridad que les quedaba a los maestros se la han desposeído las leyes educativas y los padres, que tampoco la ejercen, de modo que los profesores tienen que hacer malabarismos para blanquear el fracaso escolar

Vaya la tesis por delante: ya no educamos, sino que edulcoramos; y lo hacemos porque nos invade un temor de un género inaudito: el miedo a educar. Nos aterra formar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros conciudadanos, porque nos parece que con esa acción nos estamos entrometiendo en su intimidad y, de resultas, estamos limitando su libertad. Creemos que cualquier intervención educativa es una invasión, una agresión, una manipulación, con el agravante de la minoría de edad de las supuestas víctimas.

En efecto, nos retrae el miedo a educar. No nos atrevemos a decir (ni siquiera a pensar) lo que está bien y lo que está mal, no osamos reprender, ni corregir. ¿Quiénes somos nosotros, maestros, padres, educadores, para imponer lo que conviene o no conviene, lo que es correcto o incorrecto, lo que es bueno o malo! ¡Quiénes, para señalar en rojo una falta de ortografía, de comportamiento, un desliz moral! ¡Quién nos ha otorgado autoridad para corregir y sancionar!

Nos da miedo educar porque no tenemos nada que dar. ¿Qué vamos a enseñar? ¿Cuál es el temario y cuál el nivel de exigencia? La presunción de inocencia la hemos convertido en presunción de excelencia. Todo alumno es excelente mientras no se demuestre lo contrario, y todo maestro, un presunto aguafiestas. Convertir al alumno en protagonista de su educación —un principio pedagógico que se ha aplicado mal— ha llevado a transformar al educador en el antagonista. Etimológicamente, ‘protagonista’ es «el primero en la lucha» (‘agón’, en griego significa lucha o combate, de ahí ‘agonía’), pero nosotros lo hemos entendido a lo Hollywood y hemos convertido al alumno en la estrella principal.

También los padres vienen a aguar la fiesta, la fiesta del «hago lo que me da la gana», esos padres, que han dado todo a sus hijos, incluso lo que no necesitan y se han convertido en máquinas expendedoras de caprichos. Entonces, el orgullo paternal los lleva a una salida desesperada: exigir a la escuela lo que no han podido exigir ellos. «Los padres queremos tanto a nuestros hijos que no los podemos educar; por eso los llevamos al colegio, para que sean otros los que lo hagan por nosotros». Estas palabras las pronunció un catedrático de Psicología en una conferencia que trataba sobre la felicidad. Aunque fue una digresión autobiográfica y anecdótica, traída a cuento por una pregunta de alguien del público, la defendió y justificó como si fuera una tesis principal.

Y así lo creía él. El cariño que sienten los padres por sus hijos —explicó— es tan grande que les impide educarlos: para que una madre o un padre exija a su hijo, le ponga límites, lo castigue, le diga que no o simplemente lo corrija tiene que hacer violencia al natural amor que le une a él. «Por eso —continuó— los llevamos al colegio, donde nos los educan, les exigen, les ponen límites, los castigan, les dicen que no y los corrigen, cosas que no podemos hacer nosotros, justamente por ser sus padres».

He aquí la versión paternal del miedo a educar. Muchas personas opinan igual que aquel conferenciante: cómo vamos a exigir a nuestros hijos, cómo vamos a ponerles limitaciones y a corregirlos, cómo los vamos a contrariar o a negarles alguna cosa. El amor maternal y paternal nos vuelve no sólo ciegos, sino también incapaces de educar. Por eso, contratamos a quienes lo hagan, a agentes extraños que no están tan emocionalmente unidos a nuestros hijos como lo estamos nosotros, porque en último término la razón es que los queremos demasiado.

Mandamos, pues, a los niños al colegio para que nos los eduquen. Y exigimos a la escuela lo que no podemos exigirnos a nosotros mismos: que les enseñen a comer, a obedecer, a ser responsables, a trabajar, a esforzarse, a respetar las normas, a aceptar sus limitaciones... siempre, claro está, que los maestros y profesores no les obliguen a comer lo que no les gusta, a obedecer cuando no quieren, a trabajar si están cansados, a esforzarse demasiado, a respetar las normas que ellos creen que no son correctas, a aceptar una mala nota... En tales circunstancias, los profesionales tienen las manos atadas, la poca autoridad que les quedaba se la han desposeído las leyes educativas y los padres, quienes tampoco la ejercen, de modo que los maestros y profesores tienen que hacer malabarismos para blanquear el fracaso escolar.

La contradicción es flagrante: vemos la necesidad perentoria de la educación, pero nadie se atreve a educar. Si aparece un profesor, ¡ingenuo idealista!, que lo pretende, rápidamente es noqueado por los padres, la dirección del centro o la normativa vigente. Ese inverosímil antihéroe me recuerda al profesor Hundert en la película ‘The Emperor’s Club’ (Michael Hoffman, 2002). El maestro solicita una entrevista con el padre de uno de sus alumnos, adolescente con gran potencial, pero poca disciplina, para reconducir su mal comportamiento. El profesor admite que pretende «moldear el carácter de su hijo». El padre, ocupadísimo senador de los EE.UU., que ha llevado a su retoño a un prestigioso colegio para que se lo eduquen, se revuelve contra Hundert y le espeta: «¡Usted no va a moldear a mi hijo; lo moldearé yo!».

Pero nadie moldea a nadie, ni el padre al hijo ni el profesor al alumno, porque en una sociedad de la complacencia eso supondría una insoportable injerencia en la sacratísima libertad del individuo. El carácter, si no se forma, si no se educa, se diluye en el temperamento, esa temperatura biológica con que nacemos. Los niños y adolescentes necesitan que alguien con autoridad les marque el camino (carácter significa marca) y que les ayude a moldear su temperamento, de lo contrario mecerán al capricho de sus deseos, sus instintos, sus antojos. Su medida será la desmesura. Si nadie pone orden, si nadie establece límites, si nadie da forma, si nadie controla la temperatura, si nadie los educa... se disolverán como un terrón de azúcar en el café para todos. Café edulcorado, pero sin sabor, sin carácter. El edulcorante nivela a base de almibarar el sabor y hace que todos los cafés sepan igual. Y que olvidemos que «el carácter de un hombre es su destino» (Heráclito). Sin carácter, ¿qué destino nos espera? Sólo resta que el Estado paternalista nos espete: «Usted no va a moldear a sus hijos; los moldearé yo».

Carlos Goñi
es filósofo y escritor

Fuente: ABC

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