Claro que podríamos haber comprado otro banco. En una hora y pico, más o menos, lo tendríamos allí. Hubiera costado un viaje a ese almacén de bricolaje al que acudo tanto que ya tengo nociones de rumano fluido, o a esa otra tienda más pequeña y también más cara, a la que vamos los padres de familia los domingos por la mañana a comprar una tuerca o un empalme para la manguera, cualquier cosa que no sea una pistola y una bala para volarnos la sien.