Hay gestos que no pesan nada y, sin embargo, sostienen el mundo. Nadie escribe libros sobre ellos. No tienen himno ni estatua. Pasan desapercibidos como pasan las cosas verdaderamente importantes: sin ruido. Por ejemplo, quitarse los auriculares cuando uno llega a la caja del supermercado. Mirar a la persona que nos cobra como se mira a alguien que también ha tenido un día largo. Decir «gracias» sin prisa, como si la palabra fuera una moneda antigua que todavía conserva valor. O colocar la silla cuando uno se levanta de la mesa de un bar. Parece una tontería, pero no lo es. Hay en cada pequeño gesto una manera de decir: no quiero que la vida del que viene detrás sea un poco más difícil por mi culpa.