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Cuando el tiempo se da vuelta

Por Mons. Alberto José González Chaves

Llega un momento de la vida en el que el tiempo, sin avisar, cambia de dirección. Un día descubres que quienes te enseñaron a atarte los zapatos ahora te preguntan dos veces dónde los han dejado y que quienes decidían por ti esperan ahora tu asentimiento. La firmeza de antaño se ha vuelto fragilidad, y la seguridad… preguntas. Al principio se vive como una pequeña tragedia, aunque en realidad es una ley silenciosa de la condición humana. La vida, que en la infancia fluye de arriba abajo —del adulto al niño—, comienza lentamente a remontar su curso, y ocurre lo desconcertante: los padres empiezan a necesitar ser cuidados como hijos. El problema añadido es el malentendido contemporáneo: nuestra cultura tiene serias dificultades para comprender este cambio de papeles. Al absolutizar la autonomía, la eficacia, la productividad, como sinónimos de dignidad, cuando esas categorías se debilitan, creemos que algo esencial se ha perdido. Y por eso nos incomodan las repeticiones, las preguntas simples, la lentitud, la dependencia. Las interpretamos como un fallo del sistema, cuando en realidad son la revelación de lo que es verdaderamente el ser humano cuando ya no puede esconderse detrás de la competencia.

Desde el punto de vista psicológico, ese regreso a lo elemental no es una degradación, sino una regresión funcional que busca seguridad, vínculo y confirmación. Antropológicamente hablando, es el despojo final de las máscaras sociales. A nivel filosófico, es la prueba de que el valor de una persona no se mide por lo que produce, sino por lo que es. Y desde el punto de vista sociológico, es un espejo incómodo que desenmascara la pobreza afectiva de una sociedad que no sabe cuidar a los débiles.

Lo que llamamos “senilidad” no es otra cosa que el tiempo que regresa, que vuelve sobre sí mismo, desnudándose: es el ser humano reducido a lo esencial, como al comienzo. Por eso los ancianos —y de modo especial los padres valetudinarios— no necesitan correcciones ni consejos, ni prisas, ni exigencias impropias de su etapa vital. Precisan, y piden a gritos silenciosos, con la mirada desvaída, algo mucho más difícil: paciencia amorosa, la misma que, durante tantos años tuvieron con nosotros.

Aquí se juega algo decisivo para la madurez moral de una persona. Cuidar a los padres cuando ya no pueden sostenerse solos no es un accidente biográfico, ni una desgracia logística, ni una carga que “ha tocado”; es una forma superior de justicia afectiva: no contractual, sino existencial. Sentir que cuidar a los padres es una carga revela más sobre quien lo siente que sobre la realidad, porque nadie que haya amado de verdad puede llamar peso a la devolución del amor recibido. No se trata de saldar una deuda —el amor no funciona así—, sino de entrar en una lógica más profunda: la de la continuidad del vínculo. En términos psicológicos, quien acompaña con ternura este proceso suele experimentar, junto al cansancio, una forma extraña de plenitud: la de estar haciendo lo que corresponde. En términos humanos, es una recompensa que no se exhibe, que no se aplaude ni se cotiza socialmente, pero que deja una huella interior difícil de describir: es una recompensa discretamente envuelta en amor.

Quizá el último gran aprendizaje de la vida no sea aceptar la muerte, sino la dependencia propia, pero antes, la ajena: aprender a cuidar sin infantilizar, a acompañar sin humillar, a proteger sin dominar; aprender a no apresurar el paso del otro cuando ya no puede caminar a nuestro ritmo.

Porque al final, cuando todo se ha dicho, lo único verdaderamente humano que permanece es esto: alguien que cuida y ama (y es extraña, pero entrañablemente amado), y alguien que es cuidado y amado (y ama más que nunca amó, acaso sin saber que está amando). Todo lo demás es accesorio. Y en ese intercambio silencioso, por una vez el tiempo no roba nada: lo devuelve todo.

Fuente: infovaticana.com

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