Debe de ser cosa de ‘boomers’, pero hubo un tiempo en el que una persona podía pasar varias horas sin estar localizada y no pasaba nada. La ansiedad de los demás se ha volcado en una especie de obligación permanente hacia esas personas ansiosas que esperan de ti una máxima cooperación. Hay que contestar, confirmar, reaccionar, mandar un pulgar, decir que has llegado, avisar de que sales, explicar que luego llamas y, si cometes la temeridad de leer un mensaje sin responderlo, asumir que al otro lado alguien empezará a elaborar una teoría conspiratoria que puede traerte numerosos problemas.