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La última vez

Por Alfonso J. Ussía

Vivimos permanentemente haciendo algo por última vez. Lo raro es que no lo sabemos. Es difícil recordar cuándo fue la última vez que tu madre te ató los cordones de los zapatos o la última noche en la que todos los primos dormimos juntos en la casa del Corro. Un último beso, la última llamada a un amigo o ese último trayecto que separaba tu casa del colegio. Solemos vivir pendientes de la primera vez, y sin embargo, nuestra biografía quizá esté escrita con las últimas.

La vida tiene la elegancia de ocultarnos los finales. No de los grandes hitos, pero sí de las pequeñas cosas que nos hacen de una u otra forma. Y de las personas que formaron parte de ella. Porque la última vez nunca tiene aspecto de última vez. Las primeras veces siempre van acompañadas de cierta ceremonia, nervios, preparaciones...; las últimas suceden de incógnito, como si las hubiéramos eliminado de nuestra cabeza porque las creíamos cotidianas. Pienso en mis amigos y no consigo recordar cuándo fue la última vez que cenamos todos juntos. Seguro que nos reímos a carcajadas recordando las mismas bromas de siempre, pero no me acuerdo de que ninguno dijera: «Amigos, por esta última noche juntos». Luego uno se casó, otro se fue al extranjero, otro murió, otro simplemente, dejó de llamar. O quizá fui yo el que dejó de hacerlo.

La última vez no avisa. Casi nunca. Y casi siempre perdemos la oportunidad de mantenerla dentro de nosotros. Si hubiéramos sabido que aquella conversación era la última, no la habríamos terminado con un «mañana te llamo» que no llegó nunca. Porque cuando sabemos que algo se acaba, estamos preparados para terminar. Pero hay otras muchas veces que las cosas terminan sin saber del todo si ha ocurrido algo o no. Simplemente pasa.

Cuando somos niños estamos siempre deseando que todo termine rápido. Queremos terminar de comer para ir a jugar, que acabe el colegio para irnos de vacaciones, que llegue nuestro cumpleaños, que venga derrapando la Navidad. Vivimos empujando las agujas del reloj. Luego llega un momento en que las cosas cambian y queremos todo lo contrario. Que nuestros padres envejezcan despacio, que nuestros hijos no crezcan tan deprisa, que no termine la sobremesa. Como si lo excepcional fuera precisamente lo cotidiano y no al revés, como pasaba cuando éramos inmortales.

Borges defendía que hay una última vez para casi todo, aunque no sepamos cuándo sucede. Proust construyó toda su obra buscando su tiempo perdido en la memoria. Al final creo que nuestras mejores páginas o, por decirlo en Camba, nuestras páginas mejores, están escritas precisamente con esas cosas que entonces no parecían merecer ni una línea, pero que un día dejan de pasar sin aviso previo. He tardado bastante en aprender a mirar lo pequeño. Seguramente por eso escribo ahora sobre ello. O quizá sea para llegar a tiempo antes de que sea también la última vez.

Fuente: ABC

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