Cuando no contestar es la respuesta
Por Alfonso J. Ussía
Debe de ser cosa de ‘boomers’, pero hubo un tiempo en el que una persona podía pasar varias horas sin estar localizada y no pasaba nada. La ansiedad de los demás se ha volcado en una especie de obligación permanente hacia esas personas ansiosas que esperan de ti una máxima cooperación. Hay que contestar, confirmar, reaccionar, mandar un pulgar, decir que has llegado, avisar de que sales, explicar que luego llamas y, si cometes la temeridad de leer un mensaje sin responderlo, asumir que al otro lado alguien empezará a elaborar una teoría conspiratoria que puede traerte numerosos problemas.
Antes uno se iba de casa. Sin más. Cerraba la puerta y durante unas horas pertenecía al mundo de la calle. Si llamaban al fijo, sonaba seis o siete veces hasta que quien estaba al otro lado entendía que no había nadie. Aquello no constituía un desprecio, ni una crisis sentimental ni una declaración de guerra. No estabas. Ahora no estar conlleva un accidente, un problema médico o que un orco ha decidido merendarte. El teléfono móvil acabó con aquella pequeña libertad y después llegaron WhatsApp, el doble ‘check’, la última conexión, la ubicación compartida y esa inquietante costumbre de escribir «¿estás bien?» cuando alguien lleva tres horas sin dar señales de vida. Todo bien, sí. Precisamente estaba viviendo.
Nos hemos acostumbrado tanto a la disponibilidad que hemos terminado confundiendo la posibilidad de localizar a alguien con el derecho a hacerlo. Y de ahí hemos pasado al derecho a obtener respuesta. Se trata de algo perverso porque la tecnología coloca la urgencia siempre en el bolsillo del otro. Si yo necesito saber algo ahora, tú debes contestarme ahora. Mi impaciencia se convierte automáticamente en una tarea tuya.
Hay grupos de WhatsApp que exigen más dedicación que una oposición a registrador de la propiedad. El del colegio, la familia, los amigos, la comunidad de vecinos, el fútbol, el cumpleaños del sábado y ese grupo creado para organizar una cena que lleva abierto desde 2021 porque nadie tuvo el valor de abandonarlo. A las once y media de la noche alguien pregunta si mañana los niños tienen que llevar cartulina verde y veinte teléfonos se iluminan sobre veinte mesillas diciendo que no, que era roja.
Desaparecer se ha vuelto sospechoso. Apagar el teléfono parece cosa de fugitivos. Dejarlo en casa produce una sensación parecida a salir sin pantalones porque hemos perdido la intimidad y el derecho a ausentarnos sin tener que justificar la ausencia. A caminar durante dos horas, sentarnos en un bar, leer el periódico, conducir hasta ninguna parte o simplemente estar haciendo absolutamente nada sin que nuestra desaparición provisional active una llamada de socorro. Pero quizá convendría entender que no contestar también es una respuesta.
Fuente: ABC