Daniel Lozakovich, el violinista que trata de afinar el mundo
por Clara Mollá Pagán
El joven intérprete habla con ABC y reconoce que aunque «es demasiado tarde para salvar el planeta, nunca lo es para salvar a una persona» a través de la música.
Daniel Lozakovich (Estocolmo, 2001) entra al Auditorio de Oviedo con su Stradivarius. Y lleva una cuerda rota. Al llegar, abre el estuche y nos enseña la avería. Pero no le importa: «El mejor pianista de todos los tiempos dijo que la imperfección es perfección». No es un joven que prodigue las palabras, pero cuando habla, salen desde su boca verdades como templos. El joven intérprete tocará en el Auditorio Nacional el martes, bajo la batuta de Tarmo Peltokoski, dentro del ciclo Impacta, pero le hemos acompañado en su concierto previo en la ciudad asturiana. Lozakovich abraza su Stradivarius en silencio, contenido, completamente ajeno a las cámaras, como si solo él y el instrumento compartieran ese instante sagrado. Su vocación se suscitó como la de cualquier profeta, con una llamada.
«Cuando tuve que elegir un instrumento entre 18 diferentes, escuché cómo sonaba y lo tuve claro. A mis padres no les gustó cuando dije por primera vez que quería ser violinista. Fue un shock, porque nadie quiere un violín en su casa, especialmente cuando eres un niño pequeño (risas). Pero los convencí, y la primera profesora que me aceptó en su clase, después de la primera lección, llamó a mis padres para decir que yo había nacido para el violín, que tenía que continuar. Ahora son el mayor apoyo que tengo y aman mucho la música. Es una sensación realmente maravillosa cuando los padres aman la música, pero también que no sean músicos, que tengan una especie de pensamiento no académico sobre la música, sino simplemente amor por la música. Es el mayor regalo para cualquier músico tener gente alrededor que no es músico, pero ama la música, porque te da un propósito de por qué hacemos esto», reconoce a ABC.
El auditorio está vacío y Lozakovich se asoma curioso a la sala sinfónica. Camina lentamente por los pasillos y mira alguna de las butacas, se gira y sonríe. Desde pequeño, Lozakovich destacó entre los jóvenes intérpretes. Debutó como solista con solo nueve años junto a Vladimir Spivakov y ha actuado desde entonces en varias de las principales orquestas del mundo bajo grandes batutas. Como todo gran artista, hay detrás de él un gran maestro: Josef Rissin. «Me dio el mayor impulso al mostrarme que incluso a través de las enseñanzas, algo que yo sabía inconscientemente: que la música tiene un reino espiritual en sí misma, un reino que te conecta de alguna manera con algo mucho más grande que nosotros. Y la parte más importante del gran arte, de la gran música, es la revelación. Que la música no es un entretenimiento a donde vamos y simplemente nos entretenemos y seguimos. Es un misterio. Es un misterio para nuestra existencia, pero también un portal a otro mundo y una medicina. La medicina inmaterial es la mayor cura».
Tras un pequeño paseo por la sala, se sienta en una de las butacas. Vuelve a observar, alza la mirada al cielo y lanza un pequeño suspiro. En la sala se cierne un silencio sepulcral, pero no incómodo. Lozakovich es un hombre que ama el silencio. Lo ama porque quiere habitar en él. «Solo puedes escuchar el lenguaje del corazón en el silencio. Y el silencio no es solo un silencio para sentir silencio. El gran silencio es cuando entiendes por qué está ocurriendo. Porque el mayor momento en la vida es cuando conectas corazón con corazón. Y eso es lo que es la cultura. Es corazón con corazón. Y el silencio nos enseña estas cosas. Recordamos y sentimos más cosas cuando algo está en silencio».
«Nuestra mayor misión es...»
Es más, reconoce que la valoración de la música no se mide por cuánto grito o aplaude la gente, sino por el silencio que le hace saber que la gente viene a escuchar. «Esa es nuestra mayor misión como músicos. Creo que deberías crear algo que sea verdadero para tu corazón, que exprese la verdad de lo que el compositor quiere expresar». Callar para ser salvado. Hacer silencio para que aparezca la luz. «Lo mejor de los conciertos que yo mismo he sentido es que puedes ser salvado. Puedes recibir los mayores sentimientos que no sabías que existían dentro de ti. Y de repente recibir un impulso para vivir la vida con más gracia o con más sinceridad. Y creo en eso porque yo he sido salvado en ese sentido. Es demasiado tarde para salvar el mundo. Pero nunca es tarde para salvar a una persona».
Su cuello guarda la marca del violín, una especie de cicatriz discreta y al mismo tiempo poderosa que revela el desgaste que supone entregar una vida a la música. «Un artista es simplemente alguien que comparte lo que ama. Y no es algo comparable. Lo que demuestra que cada persona es diferente es la manera en que ama. El amor es verdad y cuando una persona le dice a alguien que le ama, nunca puede ser copiado. Y esa es la belleza de los artistas o de las personas. Por qué nacemos y por qué no somos iguales es la manera en que expresamos el amor. Y el amor es algo que nos enseña las mayores cualidades de por qué estamos vivos».
Lozakovich es grande, pero cuando habla hay una especie de aura que deja entrever que se siente pequeño frente a la música, criatura frente al creador. «Todos los artistas que creen en algo más grande son artistas que tienen un sentido de propósito. No es que ames a ti mismo en el arte, es que amas al arte en ti mismo. Y esta es la única manera en la que podemos apreciar el acto de amor. Solo puedes amar a alguien cuando también te olvidas de ti mismo. Los artistas, para mí, deberían ser como soldados. Soldados de la música».
El joven se dirige al escenario, tenuemente iluminado. Las sillas están revueltas, no hay un orden establecido. Cuando Lozakovich pone un pie sobre el escenario, se despoja de toda expectativa porque sus ojos están puestos en su única misión: servir a la música. «Cuando estoy en el escenario, no pienso en mí mismo ni en el tiempo. Hay algo de un propósito mayor. Ese es el momento que deberíamos buscar». Y para explicarlo, acude de nuevo al arte, esta vez a la pintura. «Cuando ves una pintura de Rembrandt, no piensas: ‘Oh, pobre hombre, cuánto sufrió’. No, empiezas a reflexionar sobre cosas que nunca habías sentido antes: tus recuerdos, tus dolores, tus alegrías. Te llega un impulso para reflexionar y soñar, y cuando tienes eso, olvidas el tiempo y también te olvidas de ti mismo. Porque si piensas en ti mismo, en tus problemas, te ahogas. Pero si piensas en la belleza, en las cosas que muestran las verdaderas señales del espíritu humano, entonces fluyes. Hay tres cosas que no están relacionadas con el tiempo, creo: el amor, la cultura y la fe. Y eso muestra la belleza de vivir por algo más grande que nosotros mismos».
Como todo profeta que anuncia la salvación a su pueblo y el paso de la esclavitud a la libertad, Lozakovich propaga que este deseo de libertad está inscrito en las entrañas de cada hombre, que se manifiesto se ve en la obra de David Lynch, que a menudo grababa en las autopistas y carreteras. «Es un manifiesto y lo buscamos constantemente. El compositor, de alguna manera, toma prestados nuestros corazones y, aunque por supuesto esté muerto, su espíritu está vivo porque nos usa para expresar lo que tenía que decir».
Para el intérprete, el mejor ejemplo que refleja esta libertad en la música es la Virgen María. «No sabemos cómo es. Ninguno de nosotros la ha visto y tantos pintores la han pintado. Es sin icono inmortal. La Virgen María ha expresado generaciones de simbolismo. Lo mismo ocurre con estas obras musicales; son un símbolo inmortal de lo que es atemporal. Y luego podemos ir a los pintores como Da Vinci, Rembrandt, Rafael... Todos pintaron a la Virgen María. Todos sabemos quién es. ¿Por qué necesitamos pintarla? Y probablemente hay millones de pintores que la pintaron. Y no tiene nada de especial. Pero algunas personas pueden crear una verdad y tienen la libertad de lo que creen que es verdad. Y lo mismo los compositores, los músicos. Hemos descubierto estas músicas inmortales que no son un secreto. No es, digamos, la Virgen María. No es un secreto cómo es físicamente. Se trata de capturar esas cualidades invisibles, lo etéreo, la cualidad divina. Esa es la belleza del amor, que no hay límites. Y cuando miras la partitura y quieres expresar, siempre puedes encontrar cosas nuevas».
En el amor no hay temor
Se dice que en el amor no hay temor porque el amor verdadero expulsa todo miedo. De ahí que Lozakovich no tenga ningún miedo a contrastar su vida con la música, a verse pequeño frente a ella y al mismo tiempo a saltar al vacío. «Los límites en la música son la muerte en la música. No me gusta hablar de problemas, pero creo que es un problema, especialmente en una música tan inmortal, y es que la mayoría de los músicos tienen límites. Ahí es cuando mueres como músico, cuando estás pensando: he aprendido lo suficiente, creo que soy un verdadero músico. Los límites son lo único que buscamos romper cada día». Lozakovich se toma el mismo tiempo para sacar su Stradivarius que para guardarlo. En su estuche hay varias estampas de santos. Lozakovich es un hombre tocado por la mano de Dios y el único que responde a su llamada como criatura. «Creo en Dios por muchas razones, pero también como creador, porque cuando somos creativos, cuando estamos creando, estamos en un sentido diferente de flujo. Y eso es solo porque nos volvemos más cercanos al creador. Y crear es una necesidad para que nuestra alma crezca. Porque incluso si haces crecer un poco tu espiritualidad desde que naciste, hace que la vida merezca la pena ser vivida».
De Dios viene su fuerza y a Dios va. «Puedo mencionar miles de cosas que me dan fuerza, pero esto es lo único que me da la mayor sanación, fuerza y propósito. Solo a través de eso puedes ser salvado. Para mí, la música es lo más cercano a eso, a Dios».
Fuente: ABC