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Belleza Impostada y Frustración

Por Aniceto Masferrer

Es urgente transmitir a las nuevas generaciones que el sentido de la vida no está en acumular ‘likes’ sino en aprender a reconciliarse con uno mismo.

Mientras Italia investiga a Sephora la promoción en redes sociales de cosméticos para adultos entre menores y España endurece su respuesta frente a los deepfakes, el ciberacoso y otras formas de violencia digital, conviene preguntarse si no estamos ante algo más hondo que un problema tecnológico o comercial. Está en juego una cultura que ha terminado por conceder a la imagen un valor desproporcionado, hasta convertir en medida del propio valor. La belleza es el esplendor de la verdad. Esta afirmación de la tradición platónica y escolástica nos recuerda que la verdadera belleza no reside en lo que deslumbra a primera vista, sino en aquello que se corresponde con lo auténtico. Hoy, sin embargo, esa armonía entre verdad y belleza cede demasiadas veces ante la impostura.

Cuando salgo a correr por la playa a primera hora de la mañana, no es raro ver a jóvenes que acuden a ese mismo escenario con otro propósito: hacerse fotografías para colgarlas después en sus redes sociales. Lo hacen con la ilusión de ver cómo su autoestima se fortalece en la medida en que sus seguidores reaccionan con aplausos virtuales. Sin embargo, lo que muchas veces termina sucediendo es justo lo contrario: una profunda sensación de insatisfacción y frustración.

Insatisfacción, porque la plenitud de la vida no depende del número de ‘likes’. Ahí están tantos ‘influencers’ personajes de éxito mediático que, pese a proyectar una imagen de vidas envidiables, confiesan sentirse vacíos, atrapados en una dinámica que exige alimentar constantemente esa exposición pública. Su aparente triunfo digital no se traduce en bienestar interior. Y frustración, porque cada logro o cada meta —ya sea la foto, la reacción esperada o el hito alcanzado— se revela como insuficiente. Se tiene la impresión de haber conquistado algo grande, y sin embargo la euforia dura poco. Queda un regusto de futilidad que erosiona silenciosamente la percepción del propio valor.

No existe problema en hacerse fotos en la playa o en paisajes hermosos. La cuestión de fondo no es la fotografía en sí, sino la relevancia que le otorgamos. Cuando esa belleza o imagen exterior —a menudo impostada— se convierte en el criterio principal de valía personal, se produce una peligrosa distorsión. Lo que era un recuerdo o un juego se transforma en un examen público.

Como advirtió Bauman, las redes sociales son a menudo lugares donde el diálogo no existe y sólo escuchamos el eco de nuestra propia voz. En ese contexto, lo que se fomenta no es la comunicación auténtica, sino la exhibición constante del yo. Lipovetsky lo llamó con acierto el ‘show’ de sí, una era de egocasting en la que cada uno se convierte en actor y espectador de su propio espectáculo (‘La era del vacío’). El problema no es nuevo. El sociólogo Erving Goffman, en ‘La presentación de la persona en la vida cotidiana’ (1959), acuñó el concepto de «gestión de la impresión» para explicar cómo tratamos de presentar una imagen aceptable a los demás, ocultando lo que no encaja con las expectativas. Las redes sociales han elevado ese mecanismo al cuadrado: lo que antes era una estrategia ocasional de adaptación se ha convertido en la norma diaria de millones de personas.

Al ser humano le cuesta comprender que lo más valioso no es la belleza o la imagen que proyecta, sino lo que posee en su interior. Y solo cultivando esa interioridad —ese espacio íntimo donde nacen la serenidad, la aceptación y la capacidad de contemplar y dialogar— puede la belleza exterior armonizar con la interior. Eso es la naturalidad, o, si se prefiere, la autenticidad. A Coco Chanel se le suele atribuir la idea de que la belleza comienza en el momento en el que uno decide ser uno mismo (“L’Allure de Chanel”). En esta línea, Aitchson sostenía que la belleza exterior captura los ojos, pero la belleza interior conquista el corazón (100 Ways to Develop Your Mind’). La sociedad digital parece empujar en sentido contrario: hacia la obsesión por la apariencia externa, el filtro más favorecedor, la puesta en escena perfecta.

Esta preocupación excesiva por lo exterior no es inocente. Tiende a descuidar lo esencial: el conocimiento propio, la aceptación de uno mismo, la reconciliación con las propias luces y sombras. Carl Jung entendió que vivir plenamente significa asumir también la propia parte oscura (‘Memories, Dreams, Reflections’). Sin ese trabajo interior, lo que queda es una huida de uno mismo y una búsqueda desesperada de aprobación ajena. El precio a pagar es altísimo. Una vida superficial, chata, pendiente de lo que otros piensan o dicen de mí. Una existencia que exige un esfuerzo titánico por mantener la apariencia a la altura de las expectativas, para obtener una aprobación que nunca colma, porque trata de compensar la falta de aceptación personal. Y de ahí surge el miedo a la soledad y al silencio. Se ven como amenazas, cuando en realidad son medios necesarios para reconciliarse con uno mismo, entrar serenamente en la propia interioridad y descubrir la paz que nace del autoconocimiento y aceptación de la propia realidad. Por el contrario, quien supera ese miedo instintivo a la soledad y al silencio, experimenta una liberación. Empieza a mostrarse tal cual es. Ya no necesita fingir ni dar una imagen impostada para mendigar afecto o reconocimiento. Esto es así porque la autenticidad comienza en el corazón (D’Angelo, ‘A better me’), y el ser auténtico es el alma hecha visible (Breatnach, ‘Simple abundance’), algo que solemos percibir de inmediato al escuchar u observar a una persona auténtica.

El desafío de nuestro tiempo es precisamente ese: recuperar el valor de la autenticidad en medio de un mundo saturado de apariencias. No se trata de renunciar a las redes sociales ni de condenar la fotografía digital, sino de situar cada cosa en su lugar. La vida no puede reducirse a una vitrina, ni la felicidad a un escaparate de reacciones ajenas. El valor auténtico de cada persona no depende por su exposición virtual, ni siquiera por su conducta exterior, sino por la riqueza de su mundo interior. A mayor hondura interior, mayor libertad, autenticidad y plenitud de vida. La verdadera libertad comienza allí donde el miedo a la desaprobación ajena deja de condicionar nuestras decisiones. Esta es la condición indispensable para empezar a vivir reconciliados con nosotros mismos y para establecer relaciones auténticas, libres de la esclavitud del aplauso.

Es urgente transmitir a las nuevas generaciones que el sentido de la vida no está en acumular ‘likes’ sino en aprender a reconciliarse con uno mismo. Que la belleza verdadera no es la exterior que deslumbra, sino la interior que permanece. Que la plenitud se alcanza más en el silencio que en el ruido, más en la hondura personal que en la apariencia pública. Y que, como ya vio Platón, la belleza auténtica es inseparable la verdad: la verdad de lo que uno es y de lo que el mundo es.

Por Aniceto Masferrer
es catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Valencia

Fuente; ABC

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