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Una misión y un oboe

por José F. Peláez

Por mucho que algunos insistan, el mundo no se divide entre los nuestros y los otros, sino entre lo que ayuda a la dignidad del hombre y lo que la rebaja

Hace cuarenta años un jesuita tocaba el oboe en la selva, pero algunos todavía no nos hemos recuperado. De algún modo seguimos rodeados de indios guaraníes y de cataratas, como si la vida se hubiera quedado suspendida en la nota de una niñez cada vez más lejana. ‘La Misión’ ganó la Palma de Oro de Cannes en 1986, pero quizá eso sea lo de menos; importa más que, desde entonces, nos resulte imposible escuchar el tema central de su banda sonora, ‘El Oboe de Gabriel’, sin emocionarnos y sin recordar la entrega absoluta de aquellos hombres buenos. Sospecho que la cinta y su música son el modo que Dios ha encontrado para hablarnos. Esa pieza es su idioma, los planos exactos de su reino. Iguazú un avance del Paraíso.

Cuando su compositor murió nos dejó una nota. «Yo, Ennio Morricone, he muerto. Así se lo anuncio a mis amigos cercanos y también a esos un poco más lejanos, a los que despido con gran afecto. Solo hay una razón que me impulsa a saludar a todos de esta manera y a celebrar un funeral privado: no quiero molestar». Morricone acababa la nota renovando su amor hacia su esposa, Maria Travia. Se dice que Gregorio Fernández tuvo que conocer a Dios para esculpirle tan fielmente, no me cabe duda de que Ennio lo escuchó cada día. Y quizá, de tanto servirle, –de tanto escuchar a Gabriel–, se le terminó por pegar el acento, la armonía perfecta que resuena en aquel tablero de perfección.

Hay en ‘La Misión’ una idea que me sigue estremeciendo: la música como forma de entrar en territorio enemigo sin más defensa que una caña, una melodía y una confianza suicida en el alma de los hombres. El Padre Gabriel entra en la selva con un oboe, que es quizá la forma más extravagante de desarmar al mundo. Pero también la más jesuita: implica haber comprendido que la inteligencia es una forma de piedad, que la duda no es enemiga de la fe y que la conciencia se educa con la misma exigencia que el carácter. En la formación ignaciana resuena, como en Gabriel, la sospecha ante la propia coartada, la disciplina interior y la vocación de frontera, que no es una línea que nos separa de los otros, sino precisamente una que nos conecta. Y, por encima de todo, la enseñanza de que creer en Dios no consiste en refugiarse del mundo conocido, sino en entrar en él con los ojos abiertos.

El Padre Gabriel nos conmueve porque representa una estirpe de hombres que no se fueron al confín del mundo para sentirse puros, sino para entregar su vida entre los últimos. Yo fui educado por esos hombres y es sabido que hay lugares de los que no se vuelve. Después de eso no queda sino mirar donde otros apartan la vista, desconfiar de las consignas propias mucho antes que de las ajenas y, sobre todo, no confundir prudencia con cobardía. Porque, por mucho que algunos insistan, el mundo no se divide entre los nuestros y los otros, sino entre lo que ayuda a la dignidad del hombre y lo que la rebaja. Esa frontera pasa por la política, por la prensa y por las familias. Pero pasa, sobre todo, por uno mismo. Porque la selva no siempre está en Iguazú y nadie sabe quién es Gabriel hasta que no nos dejan tocar.

Cuarenta años después, ‘La Misión’ sigue siendo una película sobre una llamada, sobre esa nota que uno oye un día para pasarse el resto de la vida persiguiéndola, a veces con más luz, a veces con más sombra; el recuerdo de que hubo un instante en el que Dios nos habló claro, aunque lo hiciera a través de un humilde oboe en el nuevo mundo; y la certeza de que, aunque desde entonces hayamos desafinado muchos días, seguimos despertándonos cada mañana con un oboe en la mano. Y la intención sincera de encontrar nuestro tono en la frontera.

Fuente: ABC

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