El alzhéimer concreta un reparto monstruosamente desigual de la memoria. El enfermo pierde los recuerdos, y el cuidador los hereda, más los propios. Bien lo sé, porque tuve una madre descuadernada por ese mal, y ahí viví, a pie de obra del duro estremecimiento, ante una mujer que no se sabía asistida por un hijo. Ella fue olvidándolo todo y yo, en cambio, fui condenado a recordarlo todo.