La Belleza Que Alza La Mirada
por Rafael Domingo Oslé
España vive distraída. Tal vez porque la política española no sabe a dónde va y desvía su atención hacia escenografías parlamentarias y polémicas de baja intensidad, lejos de lo que de verdad importa: la vivienda imposible, las pensiones en el aire, la natalidad en caída, la educación desfondada, la justicia paralizada por el ruido. Una política que no mira termina enseñando al ciudadano a no mirar. A esa España llega León XIV. Recorrerá Madrid, Barcelona y Canarias con un lema escueto, tomado del Evangelio de san Juan: «Alzad la mirada». Tres palabras que, más allá de su sentido religioso, plantean una pregunta antigua: ¿qué levanta, todavía hoy, los ojos del hombre? La respuesta clásica tiene un solo nombre: la belleza. La belleza es la única fuerza que actúa sin coacción. No manda: atrae. No impone: aúna. Por eso quien descubre la belleza alza los ojos sin esfuerzo: ante una obra maestra, ante un acto de bondad inesperado, ante el rostro amado de un hijo o de un anciano que se apaga. La escritora Iris Murdoch lo explicó con el término ‘unselfing’, salir de uno mismo. La belleza descentra al yo egoísta. El lema papal no es un mandato sino una constatación antropológica: en el corazón humano queda capacidad de alzar la mirada cuando algo vale la pena. Los antiguos lo formularon de modo más estricto: lo bello y lo bueno son inseparables y convertibles. La belleza no es adorno añadido a la realidad, sino el modo en que la realidad se expresa. Cuando Dostoievski escribió que «la belleza salvará al mundo» no enunciaba una tesis estética, sino también política: aquello que atrae sin necesidad de imponerse puede redimir un mundo cansado de imposiciones.
En un lugar en España esta intuición se ha hecho piedra: la basílica de la Sagrada Familia, parada obligada de la visita papal. Dentro de aquellas columnas que se ramifican y aquellos capiteles que son frondas, la mirada del visitante se alza por sí sola. La piedra eleva los ojos antes de que la voluntad lo haga. Gaudí entendió como pocos por qué. Su única maestra, repetía, era la naturaleza: el árbol que veía desde la ventana le parecía el mejor libro de arquitectura. De ahí la frase que se le atribuye: «Yo no creo, yo copio». Copiar con esa atención no es plagiar: es contemplar. Benedicto XVI lo formuló con exactitud: Gaudí superó la escisión entre la belleza de las cosas y Dios como belleza, «no con palabras, sino con piedras, trazos, planos y cumbres». La gran enfermedad espiritual de Occidente no es la secularización sino la distracción.
El lema nos lleva entonces a su consecuencia más urgente. Al alzar la mirada por la belleza, se alza también cada rostro humano. Cada persona es portadora de una belleza que merece ser mirada, no solo tolerada o administrada. Lévinas lo formuló sin matices: la primera enseñanza moral procede del rostro del otro; no se argumenta, se mira. Vale para el doliente, para el anciano, para el inmigrante que al pisar arena canaria descubre antes que ningún protocolo si sigue siendo alguien y no solo algo. Quien quiera ir todavía más hondo se topa con la mística. Agustín describió, en las ‘Confesiones’, unos ojos del alma distintos de los del cuerpo y de la razón: «entré, y con el ojo, sea cual fuere, de mi alma vi la luz inmutable». Simone Weil lo formuló sin aparato teológico: la atención pura es la sustancia de la oración. San Juan de la Cruz condensó el destino último de toda mirada alzada en un solo verso: «y vámonos a ver en tu hermosura».
El cuarto Evangelio aclara de dónde nace el imperativo. Junto al pozo de Sicar, Jesús pronuncia el «alzad la mirada» a sus discípulos después de haber mirado él mismo, hasta el fondo del alma, a una mujer samaritana, a la que acababa de decir todo lo que ella había sido. La orden brota de una mirada anterior, humana y divina, que la precede y la convoca. En esa intuición se condensa el corazón del mensaje cristiano: alzad la mirada para descubrir que sois mirados por un Dios que es Amor y os miró primero.
Hace pocos días, en La Sapienza de Roma, León XIV, agustino hasta la médula, recordaba que Agustín «cometió también graves errores, pero nada se perdió de su pasión por la belleza y la sabiduría». A una España atrapada en su distracción, el Papa le trae la invitación a volver a mirar lo bello, lo bueno y lo verdadero, a descubrir que toda mirada que se alza responde a otra anterior: la de un Dios que nos ha mirado primero. Cuando un país se sabe así mirado, lo demás —vivienda, pensiones, educación, familia— vuelve a encontrar su escala. Y un pueblo que sabe mirar es ya un pueblo que se sostiene.
Rafael Domingo Oslé
es catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Navarra
Fuente: ABC Opinión