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Cambiar el Chip Educativo

por Inger Enkvist

En Occidente los igualitaristas se centran en el aprobado para todo el mundo, pero en los países asiáticos los padres, los alumnos y los profesores ponen el objetivo en el sobresaliente

Acabo de participar en un curso de verano en El Escorial y en las conversaciones he observado la preocupación por la ignorancia generalizada de los jóvenes en temas culturales y la profunda sensación de pérdida cuando se constata que esto es cierto también para los propios hijos y nietos. Hace falta una reforma escolar con la meta de conseguir un currículo equilibrado, unos profesores inteligentes y con buenos conocimientos, un ambiente tranquilo y benévolo para los alumnos y, al final del trayecto, unos exámenes con notas adjudicadas de manera objetiva. Hoy la atención a los alumnos con problemas domina sobre lo que conviene a la mayoría y a los alumnos que aprenden rápido.

Históricamente, el mundo envidiaba a Europa por nuestros sistemas educativos, pero hoy los políticos como grupo han decidido que es más importante fomentar el igualitarismo que el conocimiento y que, además, el llamado estado del bienestar debe «dar» educación a todos. El mecanismo es que el Estado utiliza parte de los ingresos de los ciudadanos para después ofrecer educación «gratuita», obligatoria e igualitaria, sacando del currículo lo que es «difícil» para algunos para presentarse como benevolente. El Estado no quiere ser demasiado exigente en cuanto al rendimiento escolar, sino que utiliza la promoción automática. La escuela solía enseñar cierta disciplina, necesaria para poder concentrarse en el aprendizaje, pero el estado del bienestar está incómodo con la exigencia, y los igualitaristas temen que no todos los alumnos adopten el mismo buen comportamiento, así que se relajan también las exigencias de buena conducta. A este contexto se añade un principio que se llama «inclusión», que significa que sería democrático que también alumnos con serios problemas de conducta y de aprendizaje estén en la misma aula que los demás, con lo cual está en peligro el ambiente de concentración necesario. Además, la política de inmigración introduce en las aulas otras lenguas y otras actitudes ante el conocimiento y, a veces, hasta con una hostilidad cultural al país receptor.

La situación descrita ha aumentado las dificultades para reclutar a los profesores idóneos, porque no quieren colaborar con un proyecto mal enfocado. Ya que el profesor es el factor más importante para una educación de calidad, es preocupante que los mejores estudiantes no quieran ser profesores. Una formación docente obligatoria que arrastra una pésima reputación aleja más aún a los posibles nuevos profesores. Estamos ante una progresiva nivelación hacia abajo, y no mejoran los resultados a pesar de más inversión en la educación.

Los gobiernos «progresistas» que han introducido estas políticas están en el poder porque los ciudadanos los han votado, probablemente porque no entienden realmente lo que pasa, que suena bien «incluir» a todos y que sería espantoso pensar que los gobiernos pudieran estar manipulándonos.

¿Qué podemos hacer? A escala nacional: votar a políticos con un proyecto educativo enfocado en los conocimientos y que sepan defender los cambios necesarios. Curiosamente, para hacer el bien a los alumnos y al país tendrán que ser valientes, disponer de una voluntad firme y poseer grandes depósitos de energía personal, porque van a chocar no solo con los partidos progresistas, sino también con los sindicatos docentes que suelen defender el modelo progresista. Estamos lejos del tiempo heroico en que los sindicatos luchaban para defender a los obreros explotados. Hoy actúan en primer lugar en el sector público, donde sus adversarios son sus conciudadanos.

A través de las pruebas PISA los gobiernos igualitaristas occidentales constatan que no mejoran, mientras que el país con mejor resultado es Singapur, que insiste en que educarse es formar el carácter del joven por el orden y el esfuerzo. Sin embargo, los gobiernos igualitaristas no adoptan el programa de Singapur, sino que sueñan con que mágicamente van a obtener resultados asiáticos sin exigir esfuerzos, sin imponer una conducta ordenada, sin aceptar que haya escuelas selectivas y sin respetar la profesión docente. No les molesta que este conjunto de características no dé buen resultado en ninguna parte. Claro, a muchos no les importan los conocimientos; su meta es imponer cierto modelo de sociedad.

Los resultados escolares en Japón, China y Corea del Sur son buenos a pesar de que también allí hay igualitarismo. La diferencia es que se combina con las exigencias, se respeta el conocimiento y se ve como normal que los padres intenten ayudar a sus hijos, matriculándolos en buenas escuelas. En Occidente los igualitaristas se centran en el aprobado para todo el mundo, pero en los países asiáticos los padres, los alumnos y los profesores ponen el objetivo en el sobresaliente. También en Asia se habla de «apoyo escolar», pero no solo para aprobar, sino también para avanzar más.

Las sociedades asiáticas son muy diferentes, y allí es feroz la competición por obtener plazas en la universidad y en el mercado laboral. Actualmente han surgido problemas demográficos y laborales, pero mantienen un sistema meritocrático y seleccionan a los mejores, porque, si no, sería el puro reino del enchufe. Los países europeos también solían ser meritocráticos, pero el igualitarismo domina también en los partidos políticos que dicen respetar el conocimiento.

En espera de un cambio, ¿qué puede hacer una familia occidental que no esté de acuerdo con las políticas educativas del gobierno de turno? Lo difícil es hacer aceptar a los hijos metas más ambiciosas de las de su escuela. La familia puede hacer lo que hacen los padres asiáticos que se encuentran en países occidentales: buscar el mejor colegio posible y, si hace falta y es posible, mudarse de barrio. Colaborar con el colegio y buscar que el hijo esté atento, haga las tareas y aproveche lo que ofrece la escuela. La típica escena familiar debe ser ver al padre o a la madre leyendo o conversando con el hijo. La meta es que el hijo tenga muchos conocimientos y notas altas y no solo un aprobado. Para lograr ese resultado, si hace falta, el método asiático es buscar a un tutor durante un tiempo, que puede ser un estudiante de nivel superior o un amigo de la familia.

En otras palabras, a escala nacional sabemos por qué no funciona el modelo actual y sabemos que existen modelos que pueden servir de inspiración. Esperando una reforma, en nuestro ámbito familiar podemos insistir en los conocimientos culturales. Si no lo hacemos, viviremos con una sensación de fracaso y de pérdida de algo valioso. En otras palabras, la sociedad entera debería cambiar el chip educativo, y la familia puede empezar por cambiar el chip familiar.

Inger Enkvist
Es catedrática emérita de la Universidad de Lund (Suecia)

Fuente: La Tercera de ABC 16/7/2026

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