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Cuándo lijar el banco de la entrada

por Chapu Apaolaza

Claro que podríamos haber comprado otro banco. En una hora y pico, más o menos, lo tendríamos allí. Hubiera costado un viaje a ese almacén de bricolaje al que acudo tanto que ya tengo nociones de rumano fluido, o a esa otra tienda más pequeña y también más cara, a la que vamos los padres de familia los domingos por la mañana a comprar una tuerca o un empalme para la manguera, cualquier cosa que no sea una pistola y una bala para volarnos la sien. Digo que podría haber comprado otro banco de madera para la entrada y tirar este, dejarlo junto al contenedor, la fosa común de los objetos. En las aceras junto a la basura se aparecen los cadáveres de las cosas que teníamos, de las que desistimos –el triciclo descolorido del niño, el tendedero vencido por el peso de la ropa o el viejo espejo–, fuera de contexto estético, en un abandono que sabe a derrota a manos del paso del tiempo.

No podía hacerle eso al viejo banco de la entrada de casa, blanqueado su esqueleto por el paso de los años y sus estaciones, por el frío, la solanera y las tormentas, ennegrecidas las patas por la humedad y mordido uno de los brazos por el viejo perro de Israel, el anterior dueño de la casa. ¿Cómo iba a desprenderme de todos los momentos que había soportado aquel viejo mueble? Estaba viendo sentada en él a Elena a la atardecida, escuchando a los mirlos –esos pájaros disparatados que son sus preferidos–, o cargando en brazos a los niños, que ahora ya están tan mayores. La estaba recordando tomando café con el ordenador ante ella y la cara de sueño, trabajando cada amanecer, y me estaba viendo a mí a la vuelta de las coberturas, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, abriéndome una cerveza en la soledad de la madrugada, después de cumplido el trabajo del reportero.

Allí fumaban mis amigos o se enfadaba Javier cuando le daban rabietas. Ese banco era un trono y el banco de Forrest Gump, un banco de enamorados, de locos, de palomas o de viejos que se sientan a ver el tiempo pasar. Y por eso decidí que era momento de lijarlo, de arreglarlo, de darle una buena mano de aceite para teca y, al fin y al cabo, de no resistirnos a la absurda tentación de cambiarlo por otro nuevo, otro supuesta mejor que nunca hubiera sido este. Un banco impostor. Así que me puse manos a la obra, observé sus muescas, lijé hasta el corazón de la madera, y allí, ajeno a la batalla política del tiempo, como un viejo calafate y, terminado el trabajo, me senté a mirar el banco porque, en realidad, me estaba mirando a mí mismo, viejo, recompuesto, pero yo al fin y al cabo. Había vencido. En la vida hay que lijar el banco de la entrada y darle una mano de aceite, pues es una manera de concebir la fantasía de que hay cosas que permanecen, de que podemos seguir siendo los mismos en el mismo banco, en la misma entrada, y soñar con permanecer mientras todo lo demás salta por los aires.

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