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En busca de una certeza mortal y rosa

Por Alfonso J. Ussía

Si algo descubre Umbral al final es que el dolor no se va, tan solo cambia de lugar. Que sobrevive a quien lo sufre, que encuentra otros cuerpos, otros pasillos, otros veranos. Y que mientras haya alguien sentado en una silla, mirando sin decir nada, Pincho —de alguna forma imposible y brutal— sigue existiendo

Durante el verano de 2007, un hombre se pasea con la mirada perdida por la planta de oncología pediátrica del Hospital Montepríncipe, en Boadilla del Monte. Tiene más de 70 años y un cáncer que le roba el tiempo. No habla con nadie. No llama la atención. Busca una silla donde sentarse y observa. Mira. No dice nada. Al cabo de un rato se levanta y se va. Pero vuelve por la tarde. Y a la mañana siguiente. Y un día después.

Una de las enfermeras se ha fijado en su presencia. Sabe que es un paciente porque arrastra un gotero y una melancolía difícil de clasificar. También un cuerpo blanquísimo, como si empezara a vaciarse desde dentro. La enfermera pide reunirse con la jefa de la unidad. Ese hombre molesta, pero tampoco encaja. Y en un lugar así, lo que no encaja inquieta. Sobre todo, por las familias. Una unidad de oncología pediátrica no necesita explicaciones. Se sostiene por la costumbre de quienes trabajan allí, por una forma de resistencia difícil de entender. Miran a la muerte todos los días, pero no la convierten en discurso. No pueden. La jefa escucha y dice que no lo molesten. También está ingresado. Si no habla con nadie, si no interfiere, no ve motivo para echarlo.

A los pocos días, el hombre pasa más tiempo en los pasillos. Su paso es torpe, cansado. Sigue con la mirada a los niños. Cuando alguno le devuelve los ojos, él hace una mueca. Apenas un gesto. Como si algo muy antiguo intentara reaparecer. Su presencia empieza a comentarse. Se habla de privacidad. De los padres. De los límites. Piden otra reunión y la jefa los deja hablar. Cuando terminan, pregunta: —¿No habéis leído ‘Mortal y rosa’? Nadie responde. —Lo suponía. No os preocupéis por él. Solo está buscando a Pincho.

Más de treinta años antes, Francisco Umbral perdió a su hijo de 5 años. «Te escribo, hijo, desde otra muerte que no es la tuya. Desde mi muerte. Porque lo más desolador es que ni en la muerte nos encontraremos». Después de todo —los focos, la voz, las tertulias, las columnas, el personaje— queda el cuerpo, que ya no sostiene nada. No cree en Dios, pero no importa, porque el problema no es la muerte, sino que finalmente tras ella nada corrija lo ocurrido. Y sin embargo vuelve a la planta. No busca consuelo. Busca una forma. Algo que no se haya disuelto con el paso de los años. Porque lo peor no fue la muerte del niño, de Pincho. Fue que el dolor, con el tiempo, se volvió irreconocible. Se volvió una idea. Aquí no. Aquí el dolor sigue teniendo cuerpo. «Luego, en la muerte ya no hay muerte. Desvelado, dolorido, cansado, cobarde, solo, enfermo, herido, estoy entre tus cosas, hijo, ni vivo ni muerto, sin decidirme por ninguna de las soledades que me esperan, dudoso entre tantas ausencias, horrorizado del sol que hoy ha salido en el cielo, y que nada significa y sólo es como un inmenso estorbo entre tú y yo».

Un hombre que va a morir y no cree en nada no busca a Dios. Tampoco respuestas. Ya ha aprendido que no existen o que llegan tarde. Lo que busca es una forma de no quedarse solo en lo ocurrido. Porque la muerte, cuando no hay fe, no es un tránsito ni un destino. Es una interrupción sin réplica. Y lo insoportable no es solo desaparecer, sino que lo vivido —el amor, el daño, el hijo— quede sin continuidad, sin un lugar donde quedarse. Por eso vuelve. No a recordar, que es una forma débil de estar con alguien, sino a comprobar que lo que le pasó no fue una anomalía. Que el dolor tiene estructura. Que se repite. Que otros lo atraviesan ahora con la misma precisión con la que él lo atravesó entonces. No busca a su hijo en esos niños. Busca que el hijo no haya desaparecido del todo si su forma de doler sigue existiendo.

Muchas veces, aprendemos de la literatura no por la respuesta ya escrita en un libro, sino por el modo, a veces torpe, a veces brillante, en que los escritores se empeñaron en buscarla. Porque ahí es donde asoma la verdad más humana. Uno no se queda con la conclusión solemne, tan pulida que parece sospechosa, sino con el rodeo, con la duda, con la pregunta que no acaba de cerrarse. Los escritores no nos enseñan tanto lo que pensaron como la manera en que se enfrentaron a no saber. Y eso tiene más mérito que cualquier sentencia rotunda. Porque la literatura no es un manual de instrucciones ni un catecismo de certezas, sino un campo de pruebas donde el autor se moja, se equivoca, rectifica y, en el mejor de los casos, deja al lector con la incómoda sensación de que la respuesta importa menos que el empeño. Y es ahí donde uno aprende. No en la frase final que aspira a ser cita, sino en la soledad que la hizo posible.

Al final, lo que permanece no es tanto lo que el escritor dijo, sino cómo se atrevió a escribirlo. Quizá no venga mal recordar que la literatura, cuando merece la pena, no nos enseña a saber más, sino a preguntarnos mejor. Buscar a Pincho no era una salida sino una respuesta. No pretendía entender sino recordar que la vida dolía. En esa línea que separa la vida y la muerte, quería comprender que el dolor seguía vivo. Entonces se entiende que no hay consuelo posible. Que la literatura no estaba ahí para salvarlo, ni para explicarle nada, sino para dejar constancia de que aquello ocurrió y sigue ocurriendo.

Porque si algo descubre Umbral al final es que el dolor no se va, tan solo cambia de lugar. Que sobrevive a quien lo sufre, que se desplaza, que encuentra otros cuerpos, otros pasillos, otros veranos. Y que mientras haya alguien sentado en una silla, mirando sin decir nada, tratando de reconocer en otros lo que un día le rompió, Pincho —de alguna forma imposible y brutal— sigue existiendo. No en la memoria, que se desgasta, ni en la fe, que él nunca tuvo, sino en esa continuidad silenciosa del daño. Por eso vuelve. Y por eso no molesta. Porque en el fondo todos entienden, aunque no lo digan, que aquella melancolía con gotero no estaba fuera de lugar. Estaba exactamente donde tenía que estar.

Fuente: ABC La tercera

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